¿Dónde van todos los móviles, ordenadores y electrodomésticos que ya no usamos?

Cada europeo genera 17,7 kg de residuos electrónicos anualmente. La previsión para 2050 es llegar a los 120 millones de toneladas de residuos a nivel mundial. Pero, ¿cuál es su paradero? Grandes llanuras en las zonas más pobres del mundo.

Sin ningún tipo de protección, un chico quema cables de televisores y placas base de ordenadores para fundir su plástico. Por otro lado, vestido con una camiseta, vaqueros y chanclas, otro muchacho trocea con una vara de metal un microondas irreparable. Ambos quieren los metales que los componen para venderlos en el mercado de segunda mano.

Estas, son acciones con total normalidad que ocurren diariamente en Agbogbloshie (un barrio de Accra, capital de Ghana), el cual se ha convertido en uno de los mayores vertederos de chatarra electrónica del mundo. A través del puerto de Tema, llegan semanalmente contenedores procedentes de Europa Occidental, Norteamérica, Australia, China y Japón etiquetados como material de segunda mano, cargados hasta arriba de residuos tecnológicos.

La cantidad de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) que generamos crece a gran velocidad. La suma global producida en 2018 llegó a los 48,5 millones de toneladas (lo equivalente a unas 4.500 torres Eiffel) valorado en unos 55.000 millones de euros, según estima el Foro Económico Mundial. Pero, ¿qué es lo peor de todo? Lo más desmoralizante es que solo el 20% se recicló correctamente, es decir, aproximadamente 40 millones de toneladas acabaron en vertederos como el de Agbogbloshine, donde el inadecuado tratamiento de la basura tecnológica provoca daños irreparables en el medio ambiente y en la salud humana.
ImageLa Convención de Basilea de las Naciones Unidas, es un acuerdo internacional que regula el tránsito de residuos peligrosos entre países y prohíbe que los países desarrollados envíen estos desechos a países en vías de desarrollo, ya que no disponen de las infraestructuras necesarias para poder llevar a cabo un buen reciclaje. Pero como podemos ver en países como Ghana, esta Convención no es efectiva.

La principal raíz del problema es que “nunca se ha llegado a definir exactamente qué es basura electrónica y, en el momento en que un dispositivo puede repararse, técnicamente, ya no es basura”.

Según Jim Pickett, director general de la organización Basel Action Network (BAN), muchos exportadores que se basan en la confusión que hay para definir qué es basura electrónica para alegar que “el material no es residuo, porque se puede reparar y reutilizar”. Cada país cuenta con distintas leyes, y algunos como Ghana, permiten el acceso de contenedores etiquetados como material de segunda mano, para vender su contenido en el mercado local o despedazarlo y rescatar las materias primas. Tal y como afirma Pickett “Hay mucho dinero en juego en el reciclaje directo de basura electrónica tal y como se lleva a cabo en estos países”.

Este vacío reglamentario ha hecho que la organización BAN redacte una corrección a la Convención de Basilea la cual niega la exportación de mercancías peligrosas a países en vías de desarrollo, incluidos los desechos electrónicos. Pickett añade que “todos estos países deben prohibir la importación de este tipo de residuos, igual que ha hecho China”. Esta gran potencia empezó a negar la entrada de distintos desechos en 2017 y hoy en día solo acepta residuos sólidos que no contengan materiales tóxicos o contaminantes, y que puedan ser tratados como mercancías. 

Según un informe redactado por la BAN se denuncian al menos 10 países europeos (entre los cuales se encuentra España) por exportar de manera ilegal más de 350.000 toneladas de RAEE en 2017. Además, otro informe del Fondo Monetario Internacional afirma que la UE exporta más de un millón de toneladas de residuos electrónicos anuales ilegalmente. Todo esto es el reflejo de una sociedad de consumo donde cada europeo genera 17,7 kg de RAEE al año, cada estadounidense 20 kg y cada africano 1,7 kg.

Los productos electrónicos que usamos no están diseñados para tener una larga vida o poder ser reutilizados, según afirma el director ejecutivo de BAN. Añade también que “desde hace una década, la industria es capaz de lograr que todos los dispositivos sean libres de tóxicos, pero no se preocupa demasiado como para hacerlo. Ciertos productos tienden a crearse para que no puedan ser reparados: las baterías de los smartphones y tablets están pegados”. Para poder llegar a los Objetivos de Desarrollo Sostenible es importantísimo la gestión responsable de RAEE. Tratar de manera adecuada los residuos electrónicos ayudaría a mejorar la salud y el bienestar de las personas, a tener agua limpia, a impulsar el empleo digno y el crecimiento económico creando nuevos puestos de trabajo, a construir ciudades sostenibles, a fomentar el consumo y la producción responsables y a preservar la vida marina.

Sin embargo, hoy en día aún existe un gran desconocimiento de los derechos y obligaciones que tenemos los consumidores y usuarios sobre la responsabilidad de actuación respecto al final de vida útil de nuestros productos electrónicos. Pero no solo es responsabilidad nuestra; fabricantes, distribuidores, gestores de residuos, Gobiernos, todos llevan a cabo un papel importante a la hora de evitar que los RAEE acaben en vertederos ilegales.

Mientras, miles de jóvenes recorren las calles de vertederos como el de Agbogbloshine, rescatando de entre la basura materiales que puedan vender y poniendo en peligro su vida y el entorno que les rodea.